Día 1: caigamos en la cueta

 



Mí día comienza

La noche de mi alma comienza en el momento
en que miramos alrededor  y vemos que todas
las cosas del cielo y de la tierra, a las cuales
estamos tan firmemente apegados
comparadas con Dios, nada son.
¨Mire a la tierra¨, dice Jeremías, 
¨y estaba vacía, y ella era; y a los cielos,
y vi que no tenían luz¨ (Jer 4, 23).
Comprendemos en ese momento que 
nuestras aficiones a estas cosas son apegos 
a lo que es menos que nada.
Son impedimentos para alcanzar a Dios, 
y transformarnos en él.
Entendemos que nunca comprendemos la verdad, 
mientras dependemos de nuestras propias luces, 
que nunca comprenderemos a Dios, 
mientras estemos apegados a sus criaturas, 
comparada con la infinita hermosura de Dios,
es fealdad.  Y toda gracia y elegancia de las criaturas, 
comparada con la gracia de Dios es desabrida.
Y toda bondad de las criaturas del mundo, 
comparada con la infinita bondad de Dios, 
se puede llamar malicia.
Sabemos que mientras estemos atrapados por los apegos a 
las criaturas,  seremos incapaces de unirnos con Dios.
Hasta que nos purifiquemos de estos apegos no estaremos
en condiciones de poseer a Dios,
ni en esta vida ni en la otra.
Así comienza la noche de mi alma.





A lo largo del día

Caigamos en la cuenta...


Mi día está terminando

Al descender esta noche, haz que recuerde otra vez que el alma
que anda en amor, no cansa ni se cansa.
Déjame mirar a mi alrededor en la oscuridad y ver que todas las cosas
del cielo y de la tierra a las cuales estoy tan firmemente apegado, comparadas contigo, Señor, nada son.  Haz que mire a la tierra y al cielo con los ojos de Jeremías, y vea que no hay ninguna luz allí. 
Haz que llegue a entender, aquí en la oscuridad, que el aferrarme a las cosas 
me deja asiendo lo que es menos que nada.  Desciende ahora sobre mi alma
como un río de paz, para liberarme de mis incertidumbres, de mi miedo a la noche.









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