La noche de mi alma comienza en el momento
en que miramos alrededor y vemos que todas
las cosas del cielo y de la tierra, a las cuales
estamos tan firmemente apegados
comparadas con Dios, nada son.
¨Mire a la tierra¨, dice Jeremías,
¨y estaba vacía, y ella era; y a los cielos,
y vi que no tenían luz¨ (Jer 4, 23).
Comprendemos en ese momento que
nuestras aficiones a estas cosas son apegos
a lo que es menos que nada.
Son impedimentos para alcanzar a Dios,
y transformarnos en él.
Entendemos que nunca comprendemos la verdad,
mientras dependemos de nuestras propias luces,
que nunca comprenderemos a Dios,
mientras estemos apegados a sus criaturas,
comparada con la infinita hermosura de Dios,
es fealdad. Y toda gracia y elegancia de las criaturas,
comparada con la gracia de Dios es desabrida.
Y toda bondad de las criaturas del mundo,
comparada con la infinita bondad de Dios,
se puede llamar malicia.
Sabemos que mientras estemos atrapados por los apegos a
las criaturas, seremos incapaces de unirnos con Dios.
Hasta que nos purifiquemos de estos apegos no estaremos
en condiciones de poseer a Dios,
ni en esta vida ni en la otra.
Así comienza la noche de mi alma.
Caigamos en la cuenta...
Mi día está terminando

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